Martes, 11 de Diciembre de 2018

Después del atentado, la gavilla de Stroessner sembró el terror

 

Tras el atentado, Pastor Coronel no sabía hacia dónde disparar. Dotado de una grotesca obesidad para ser un hombre de acción, organizó "cacerías" simuladas con presencia de periodistas con la exclusiva finalidad de salir en la prensa al día siguiente. Los guerrilleros se mofaron de su servicio de seguridad, tan eficiente para perseguir en forma despiadada a sus compatriotas. La muerte de Somoza fue suficiente excusa para el recrudecimiento de la represión y los abusos. Como chivos expiatorios, Coronel hizo arrestar, entre otros, al comisario Francisco González León por un año y medio, así como al dueño de "la casa de Julio Iglesias", el ingeniero Alberto Montero de Vargas. Centenares de argentinos fueron arrestados.

Centenares de ciudadanos argentinos y uruguayos fueron detenidos o demorados en distintos puntos del país y fueron traídos hasta el demoníaco Departamento de Investigaciones.

Uno de ellos recordó que había tanto hacinamiento en las celdas que los presos debían permanecerse y dormir parados.

El único policía que estuvo en el lugar del suceso y que intentó al menos ofrecer resistencia, el comisario González, fue inmediatamente señalado por sus jefes como responsable, a pesar de ser el teniente coronel Ladislao Alfonso Martínez el designado por Stroessner para dar seguridad a su colega centroamericano.

González fue dado de baja y, al cabo de un tiempo, presionado por Pastor Coronel para testificar contra el fotógrafo chileno Alejandro Mella Latorre (el que quedaría después como único sospechoso capturado, torturado e incomunicado hasta el día del putsch militar que derrocó a cañonazos al dictador, el 3 de febrero de 1989).

El inescrupuloso jefe de Investigaciones le propuso declarar que vio filmando a Mella Latorre en el lugar del atentado.

"Me negué a mentir. Entonces, me apresaron y me enviaron a la Guardia de Seguridad por un período de un año, dos meses y ocho días", recuerda González.

También fue detenido el arquitecto Julio Eduardo Carbone, propietario del vehículo en el que huyeron los sicarios.

EL INGENIERO MONTERO

La muerte del general Somoza sirvió a los "perros" del régimen de Stroessner para cobrarse viejas cuentas particulares.

Ese es el caso que salpicó al ingeniero civil Luis Alberto Montero de Vargas (ya fallecido). 
Montero era el encargado de la vivienda de España y América que fue alquilada por los pistoleros. Ni siquiera fue firmante ni tuvo acceso en tiempo alguno a las personas involucradas.

Al día siguiente del atentado, fueron a buscarlo "para averiguaciones".

Le prometieron hacerle preguntas "por solo algunos minutos".

Permaneció, sin embargo, 10 días incomunicado, mezclado con centenares de sospechosos, sometido a maltratos sicológicos.

Su apresamiento se debió a una vieja inquina familiar que mantenía con él Sabino Augusto Montanaro, uno de los lugartenientes de Stroessner, que fungía de ministro del Interior.

Terminada la pesadilla, 15 días más tarde, a la medianoche recibió una llamada de Coronel.

En tono imperativo le requirió por su propiedad, de 1.800 metros cuadrados de extensión, que lindaba con la parte posterior de la residencia del policía (en Perú y Manuel Domínguez). "Necesito para uso de mi guardia", le señaló, autoritario, dejando entrever que podía volver a arrestarlo.

Montero de Vargas se armó de coraje para decirle que no.

No volvió a ser molestado, pero vivió pendiente del daño que podía infligirle aquel intocable de Stroessner, con licencia para perpetrar o hacer perpetrar atrocidades.

DINORAH SAMPSON

"Yo quiero que ustedes juzguen qué clase de gobierno es el que se alegra de la muerte de un ser humano. Cuando murió Pedro Joaquín Chamorro (el director de La Prensa de Managua), el general Somoza envió un telegrama a su viuda dándole su pena. Y ahora ella ha dicho que había pedido a Dios que mataran al general Somoza. Calculen ustedes qué clase de persona será", decía entre sollozos la última mujer oficial del dictador nicaragüense, Dinorah Sampson, en una entrevista con ABC.

Al tener conocimiento del asesinato, Violeta Chamorro declaró en Managua: "Tarde o temprano Dios tenía que hacer justicia. Me alegro mucho. A los 36 meses y días, lo mismo que él le hizo a Pedro, alguien más se lo hizo a él. Somoza ha pagado por lo que hizo".

Si bien Dinorah quiso mantener el cuerpo de Somoza en el Paraguay, sus desavenencias con la familia Somoza Portocarrero se manifestaron claramente cuando al día siguiente llegó intempestivamente el hijo Anastasio, acompañado de su tío José, en vuelo chárter para llevar los restos a Miami.

Sobre la sucesión, que fue una fuente inagotable de disputas más adelante, Dinorah dijo que el general había dejado todo debidamente arreglado para evitar problemas "con esas cosas tan materiales".

"Todos estamos protegidos, tanto sus hijos como yo", aseguró, luego de negar que se hubiera incubado algún conflicto.

Sin embargo, Sampson no viajó en el avión fletado. "Preferí quedarme, porque tengo muchas cosas de él que poner en orden, porque soy la persona indicada, la que estuvo a su lado en los últimos momentos. No podía abandonar las cosas de él", dijo.

La mujer desvirtuó los comentarios de sus malas relaciones de pareja. "Yo sé lo que él me quería".

"Yo no hubiera estado en el exilio con él si íbamos a llevarnos mal. Fue un hombre del que no tengo quejas. Nunca tuvo una grosería para mí. Solo tengo de él lindos recuerdos", agregó todavía consternada.

En los días subsiguientes, se iniciaría el trámite de sucesión en el Paraguay. El abogado que correría con los trámites sería Ramón Silva Alonso.

En una carta que envió meses después desde Miami al comisario González agradeciéndole sus atenciones, Dinorah se acordó "de la forma despreciable que se portaron conmigo", los del entorno cercano del general.

UN HERVIDERO

El Paraguay se convirtió en un hervidero. Se abusaba de los extranjeros retenidos en el país por semanas. Se los coimeaba para cruzar la frontera hacia sus países.

La propaganda oficial creó todo un sistema de delación que obligó hasta a los vecinos a denunciarse entre ellos, o a aprovechar la situación para intrigarse mutuamente.

La "Operación Rastrillo" duró, aproximadamente, seis meses. Todas las viviendas fueron revisadas meticulosamente sin orden judicial, sembrando el terror tal procedimiento. El miedo motivó los desvaríos más inimaginables.

Desesperadamente, toneladas de libros y revistas fueron quemadas por las familias antes de la llegada de los efectivos, militares o policiales, para evitar los arrestos sumarios. Decenas de jóvenes fueron capturados. Cuatro años antes, habían muerto torturados estudiantes inocentes por el solo hecho de portar libros considerados subversivos por la policía política.

Por captar gráficas de los allanamientos, periodistas de ABC eran demorados.

La muerte de Somoza en el Paraguay adosó una tribulación más a la ciudadanía, de por sí castigada por el miedo.

(FIN)

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color 
Sábado, 24 de septiembre del 2008