Jueves, 13 de Diciembre de 2018

La libertad y la democracia eran valores desconocidos hasta el día de San Blas

“Es triste tener que reconocer, gobernantes democráticos terminan siendo enemigos de la prensa independiente”, afirma en esta entrevista Gonzalo Marroquín, director de Prensa Libre de Guatemala, vicepresidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), ex titular de la comisión de libertad de prensa de la entidad que comienza hoy su reunión de medio año en Asunción. Hay jefes de Estado que, de demócratas, devienen en autoritarios. No respetan la libertad de expresión aun cuando se declaran bastiones de la democracia.

El general Andrés Rodríguez y sus comandados, aun con las reservas que pudieran seguir teniendo para algunos, conservarán un lugar distinguido en los mármoles de la historia nacional, por haber instituido la libertad y la democracia, valores desconocidos en el Paraguay hasta ese amanecer glorioso de San Blas. Si los civiles no hemos sabido usarlas por 20 años, eso no es atribuible a ese puñado de valientes que logró expulsar al temible dictador.

 

El dueño de la vida y la hacienda de los paraguayos había caído y con él toda una estructura perversa de dominación que no toleraba la más mínima disidencia. 

Después de esa noche de pesadilla, jamás volvió a pisar Mburuvicha Róga.

El domingo 5 de febrero fue embarcado con destino a su exilio dorado en Brasilia, donde vivió en la soledad hasta su muerte en 2006.

No se animó a volver más temiendo pagar con la cárcel los crímenes de lesa humanidad que le atribuyen.

Viajaba con él su frustrado sucesor, Gustavo, muy afecto a los negocios, cuya esposa (divorciada), Patricia Heikel, estimó su fortuna en unos 300 millones de dólares, a pesar de lo cual se negaba a pasarle una pensión. Hoy sigue procesado por enriquecimiento ilícito y tiene orden de captura.

EXTRATERRESTRE

El general Andrés Rodríguez asumió la presidencia interina en un emotivo acto desarrollado a las cinco de la tarde del día 3 de febrero en el Palacio de Gobierno. 

A algunos periodistas les temblaba la grabadora en la mano cuando entrevistaban poco después de la ceremonia al entonces coronel Lino Oviedo, que comenzó a granjearse respeto, admiración y en muchos casos temor, hasta la crispación, por haber sido el autor de la rendición de Stroessner, una proeza imposible de creer, salvo que fuera obra de un extraterrestre. 

Con el transcurrir de los años, ese antecedente le acarrearía recelo y rechazo de camaradas, políticos, magistrados, con su secuela de calumnias, persecuciones, apresamientos, exilio y condenas a penas tan largas como las aplicadas a los peores criminales. 

Tanta fue la libertad que gozaron los paraguayos desde el golpe, que los mismos stronistas –reciclados pagando cánones miserables a algunos de los que los sucedieron para conservar sus medios y privilegios– se encargaron de alimentar el odio mediático contra los autores de su expulsión. 
 
ELECCIONES EN 3 MESES

Se anunciaron elecciones en tres meses, cuando la oposición interdicta, todavía confundida por el abrupto cambio, reclamaba tímidamente seis meses, para limpiar el padrón stronista. 

Rodríguez fue elegido el 1 de mayo de ese año con el 72% de los votos y asumió 15 días más tarde como jefe de Estado constitucional, en presencia de los presidentes de Brasil, Argentina y Uruguay, José Sarney, Raúl Alfonsín y Julio María Sanguinetti, gobernantes que apoyaron decididamente, desde el primer momento, la gesta libertadora. 

El entonces popular opositor Domingo Laíno había perdido la primera de su total de tres postulaciones.

El exitismo, la codicia por llegar más alto, dividió a los opositores antistronistas.

En cambio, los colorados tradicionales, estrategas de la política, convencieron a los idealistas repatriados del exilio de su partido, a acompañarlos para limpiar la cara de la ANR.

Así lo hicieron hasta retomar impulso y dejarlos en la calle cuando no necesitaron más de ellos. 

Literalmente, ningún civil antistronista pudo acceder al gobierno de la República hasta el 20 de abril pasado, cuando aquellos que nunca se pusieron de acuerdo para hacer un frente común, convencieron por fin a un obispo católico a despojarse de su sotana para seguirlo y solo así poder cerrar el camino del continuismo colorado. 

DIATRIBAS

En estos días se han escuchado diatribas y desprecios diversos contra los militares del ’89, últimos estertores de la cultura de un régimen represivo de 35 años que contaminó hasta el alma de muchos habitantes, algo que en 20 años no se ha terminado de sepultar. 

Dicen que el Paraguay pudo haber cambiado radicalmente como la Unión Soviética o Rumania o la Alemania Democrática.

Pero nadie estuvo preparado, ni los civiles y menos los militares. Las pruebas son dos décadas desperdiciadas de promiscua libertad, con pasos de cangrejo (uno adelante, dos atrás), aplicando la política del avestruz (la cabeza en un agujero). 

Por eso no se puede levantar el dedo acusador contra este puñado de hombres valientes –el general Andrés Rodríguez y sus comandados– que aún con las reservas que pudieran tener para algunos, tienen reservado su lugar en la historia por haber instituido la libertad y la democracia, valores desconocidos en el Paraguay hasta ese amanecer glorioso del día de San Blas.

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Miércoles, 4 de febrero del 2009