Viernes, 14 de Diciembre de 2018

Hace 20 años, los Carlos y los Víctor derrocaron al general Stroessner

Era el hombre más temido. Hasta sus colaboradores más cercanos tiritaban de miedo ante su presencia. Carecía de escrúpulos para ordenar violaciones de los derechos humanos de sus enemigos políticos, aun de sus aliados, de quienes sospechaba una traición. En el Paraguay se hizo su voluntad durante 35 años. Alfredo Stroessner fue un dictador tan todopoderoso, a quien solamente las agallas de un puñado de valientes pudieron hacerle frente y derrocarlo o morir en el intento. Aquella madrugada del 3 de febrero de 1989 tuvo lugar una hazaña que muy pocos paraguayos, 20 años después, todavía valoran en su real dimensión, pero que la historia inexorablemente se encargará de ubicarla en el sitial de gloria que corresponde.

Pudo haber evitado el tendal de muertos que produjo el putsch militar que lo defenestró. La mezcla de tozudez y capricho, la costumbre de hacer su voluntad por tantas décadas de poder omnímodo, su personalidad curtida en el narcisismo, lo llevaron a resistir su caída hasta las cuatro de la mañana de aquel feriado de San Blas. 

Fue cuando se abatió sobre él el viento lúgubre de la soledad, la desesperación y la derrota. Antes de despertar de la pesadilla ya había sido obligado a la fuerza a abandonar su búnker del quinto piso del Estado Mayor del Ejército. 

La opción era permanecer en el lugar hasta caer alcanzado por los morterazos, cuya fuerza demoledora retumbaba y estremecía los cimientos del edificio donde se guarecía.

Estaba atrapado físicamente, destruido anímicamente. Lo acompañaban su hijo Gustavo y la (entonces) esposa de este, Patricia Heikel, su hija Graciela, además de 17 de sus generales. En pocas horas, era todo lo que quedaba de aquel imperio del Tiranosaurio, el sobrenombre que le calzó Roa Bastos. Al bajar a la visera del Batallón Escolta (a unos 30 metros de la avenida General Santos) su semblante era blanco, cadavérico. 

EL CADILLAC NEGRO

Su Cadillac blindado negro, que hizo guardar en la parte trasera del Estado Mayor al llegar en forma precipitada de la casa de Ñata Legal, fue desplazado hasta su lugar habitual de estacionamiento para transportarlo detenido a la Caballería, sede del Primer Cuerpo de Ejército. 

Se trata de la unidad protagonista principal de la vida política y militar del país a lo largo de su historia, de gran preeminencia en la victoria del Chaco y de la que los stronistas-argañistas se vengarían 10 años más tarde, en 1999, a través del sangriento golpe que derrocó a Raúl Cubas, objetivo que tuvo su epílogo un año más tarde cuando el cuartel fue destruido, sus tropas desplazadas a más de 500 km y sus monumentos históricos derribados por orden de Nelson Argaña, con la complacencia de sus aliados de entonces, colorados, liberales y encuentristas. 

En la casa de Ñata, unas siete horas antes, el chofer Miranda y el convoy fuertemente apertrechado que lo seguían tradicionalmente a todas partes lo libraron milagrosamente de ser capturado. 

La escaramuza registrada en las inmediaciones de lo que hoy es el Shopping del Sol produjo su primer tendal de muertos, unos 8 soldados. 

El comandante del golpe militar, el general Andrés Rodríguez, su consuegro, ordenó inmediatamente adelantar el programa del plan 33 (“tres de febrero a las tres de la mañana”). El enfrentamiento era inevitable. 

Rodríguez pretendía terminar el dispositivo en la residencia de la mujer de Stroessner, sin saldo de vidas. Se arriesgó a sorprenderlo haciendo vida familiar, pero la presa se escabulló. El resultado final fue de 26 muertos, según el balance oficial. 

Lino Oviedo ordenó que el auto fuera ubicado hasta la visera (que se puede divisar desde la avenida General Santos), con la parte delantera mirando hacia adentro del cuartel, para evitar una reacción homicida o suicida. 

Previamente, hizo abrir las cuatro puertas y limpiar el vehículo de armas. Las había de varios calibres en su interior: en la guantera, en los asientos, debajo, detrás... 

Luego se procedió a subir a los “pasajeros”: Graciela Stroessner y Pachi Heikel adelante. El dictador depuesto detrás, el coronel Gustavo en el medio y el coronel Lesme Martínez a la derecha, su jefe de seguridad. A este se le ordenó descender y presentarse como detenido en la Escuela de Educación Física de las Fuerzas Armadas. 

CAMINÓ UNOS PASOS...

Stroessner tenía por costumbre llamar a sus colaboradores para observarlos en público después de los actos. Una observación equivalía a una condena, al marginamiento. Una invitación a acompañarlo en su automóvil o darle preferencia en una conversación significaba una promoción. Enseguida, la camarilla se encargaba de ungirlo o declararlo leproso. 

Aquella madrugada, antes de ser “invitado” a subir al “auto negro” caminó unos cinco o seis pasos. De repente giró y se dispuso a dar indicaciones, como siempre lo hacía. Allí vio a todos sus generales (los 17) arrinconados, en calidad de prisioneros. 

Allí tomó conciencia de que su reino había llegado a su fin. Tal fue el efecto que le produjo, que tambaleó y tuvo que ser auxiliado por un oficial para ayudarlo a introducir su pierna izquierda en el habitáculo. 

El líder de la toma del Batallón Escolta tardó unos 20 minutos dando instrucciones para consolidar la posición. 

Lo siguiente es el relato del coronel Wladimiro Woroniecki, testigo presencial de la escena. 

-Mientras esperábamos ahí, me llamó Gustavo, que me conocía. Me dijo irónicamente: “Oiporã la pejapóva” (está bien lo que hacen). “Kóa jajokobráta. Ne mandu’a cherehe” (Esto les vamos a cobrar. Acordate de mí). 

-¿Qué le respondió? 

-Que yo era un soldado y que solo estaba cumpliendo órdenes. Me alejé un poco para evitar el diálogo. Pero después fue Stroessner el que quiso hablar con Oviedo. Le hice llamar. Le dijo: “Yo ya hablé con su comandante (por Rodríguez). Yo me voy a ir a mi casa”. Oviedo le dijo: “Mire general, yo hablé con el general Rodríguez y vamos a hacer lo que él disponga” Cuando se retiraba de nuevo (para seguir instruccionando a sus tropas), le llamó de nuevo: “Oviedo”, le dijo. “Ordene, mi general”, le respondió. “Yo pues necesito ir a mi casa. Lléveme a mi casa...” Oviedo le contestó en tono más seco: “Mi general, yo estoy recibiendo órdenes del general Rodríguez y tengo que hacer lo que él me ordena. ¿Por qué no espera un ratito?”. Cuando se dio vuelta, le llamó otra vez: “Oviedo”, le dijo. Ahí reaccionó instintivamente y le apuntó con su fusil directo a la nariz. “¡Cállese, caraj...”, le dijo. “¿O usted no entiende lo que le estoy diciendo?” Descargó toda su tensión y la adrenalina contenida. Stroessner omanoite. Se pinchó como un globo en su asiento. Se quedó quietito. Para asegurar, cuando íbamos a arrancar hacia la Caballería, Oviedo, desde atrás, le mostró al chofer Miranda una granada a la que le extrajo el percutor. Le dijo que le iba a poner bajo su asiento para que explote si intentaba cambiar el rumbo. 

(Continuará...) 

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Domingo, 1 de febrero del 2009