Jueves, 17 de Enero de 2019

La justicia tiene todos los elementos si quiere resolver ahora el caso Argaña

La justicia tiene hoy todos los elementos y ningún impedimento político para resolver el caso Argaña, cuya confusa desaparición se produjo hace 10 años. Su muerte fue la excusa que impulsó a los argañistas y coyunturales aliados a perpetrar un sangriento golpe parlamentario para derrocar al gobierno constitucional de Raúl Cubas.

El vicepresidente Luis María Argaña, caído extrañamente hacia la ventana de donde provinieron las balas asesinas. Pese a la violencia no tenía rastros visibles de sangre.

En homenaje a los manifestantes asesinados, a los centenares de perseguidos, torturados y hasta muertos por el régimen ilegítimo que emergió cinco días más tarde para convertir los bienes del Estado en un botín, y en un intento serio de devolver credibilidad a la justicia, jueces y fiscales no deberían temer en llamar a los verdaderos sospechosos, hasta bajar el martillo y castigar a los culpables de este genocidio que perpetraron y que produjo un profundo daño al país.

Este tipo de campañas calumniosas e impunes llevaba adelante la prensa “amiga” del gobierno del 99. Con el tiempo estos medios desaparecieron o fueron pasando a poder de otros dueños.

Los hermanos Argaña, sumidos hoy en un foso político difícil de recuperar, insisten mecánicamente en la responsabilidad de Lino Oviedo en el atentado del 23 de marzo de 1999, aún después de los fallos judiciales que lo sobreseyeron libremente del caso . 

Sin embargo, la conducta de algunos integrantes del clan y de ciertos allegados y abogados los hace claramente sospechosos de maniobras oscuras, como el alquiler de testigos falsos que terminaron siendo eliminados, dirigidos a enlodar a su enemigo político.

El viernes 26 de marzo de 1999, en forma premonitoria, ABC advertía lo que se venía: Stronistas vuelven al palacio.

A pesar de su dominio casi absoluto del poder por espacio de una década, no lograron conseguir la condena del líder de Unace, quien fue sometido a procesos judiciales escandalosos en los planos civil y militar, como el que produjo la condena del mayor Reinaldo Servín, de Luis Rojas, Constantino Rodas y el “testigo autoconfeso” Pablo Vera Esteche, cuya sola declaración -a pesar de sus antecedentes delictivos- sirvió al juez Jorge Bogarín para imponer condenas máximas contra los nombrados. 

Los flamantes inquilinos paracaidistas del gobierno del “marzo paraguayo” trataron por todos los medios de silenciar toda cuestión sobre el proceso, contando como aliada incondicional a una prensa “amiga” que se ocupó -como en los tiempos del stronismo- a calumniar impunemente a aquellos que comenzamos a tejer interrogantes sobre el llamado magnicidio primero, la masacre de los jóvenes en la plaza del Congreso después y la llamativa composición del nuevo gobierno más tarde, clara mayoría de ex miembros de la dictadura de Alfredo Stroessner, con matices liberales y encuentristas. 

La primera pregunta que cualquier investigador hubiera hecho es por qué Cubas y Oviedo matarían a Argaña si eran ellos los que estaban en el poder y no había forma de que el presidente fuera removido por la vía del juicio político. 

A tal punto fue así que los aliados del golpe parlamentario elucubraron un grosero cambio en el reglamento para reducir a 53 la cantidad necesaria de legisladores para destituir al presidente. 

Para ganar la votación, antes de perpetrar el golpe parlamentario, unos gorilas al mando de Walter Bower impidieron a patadas y puntapiés el ingreso al recinto del diputado Conrado 
Pappalardo al tiempo que encerraron en el baño a dos congresistas liberales. 

Como advertencia premonitoria de lo que sucedería esa noche, ABC publicaba en su portada el 26 de marzo de 1999: “Stronistas vuelven al Palacio de Gobierno” y destacaba en subtítulo: “Inminente destitución de Cubas”. 

No había lugar a dudas. Solo faltaba un último empuje para consumar el objetivo: la masacre de manifestantes. 

A partir de ahí, con amenazas de muerte, querellas, hostigamiento de jueces para detener nuestras investigaciones a través de resoluciones ridículas, con enemigos que se fueron formando adentro y afuera, nadie pudo detener nuestras publicaciones en las que exteriorizábamos las conjeturas y los misterios que rodeaban al caso Argaña. 

Casi con naturalidad, algunos testigos del atentado de la calle Diagonal Molas nos decían: “el cuerpo no sangraba”, “estaba rígido”, “Icho Planás, su amigo, ni siquiera se acercó a inspeccionarlo” (fue el primero en llegar al lugar del suceso). Enseguida aparecieron Bower, Barchini, Nelson Argaña. 

El chofer Víctor Barrios estaba manchado en sangre. Sobrevivió milagrosamente. A diferencia, el vicepresidente presentaba una camisa inmaculadamente blanca. 

El guardaespaldas Francisco Barrios murió desangrado frente a la cámara de televisión que providencialmente filmó la escena. No se observó a nadie impartirle los primeros auxilios. Más bien lo arrastraron, ¿para desangrarse más rápidamente? 
Para peor, la granada que dejaron los sicarios no explotó. Por lo tanto, no pudieron borrar las evidencias. 

(continuará...)

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Lunes, 23 de marzo de 2009