Jueves, 13 de Diciembre de 2018
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En 1989 se inscribió en la historia un nuevo 14 de mayo de 1811

Aquel amanecer del 3 de febrero, festividad de San Blas, patrono del Paraguay, será en la historia patria un nuevo 14 de mayo de 1811, mal que les pese a los que tratan de echar un manto de olvido a aquel día de libertad, de unidad y de dignidad del pueblo paraguayo.

 

Monseñor Ismael Rolón, entonces arzobispo de Asunción, relataba su recorrido aquella misma mañana por los lugares de la inmolación de tantos jóvenes. “Llegué a los hospitales Militar y Policial para llevar a los heridos y moribundos una palabra de cariño, de aliento, de bendición. Con profundo respeto y emoción, he visto, alineados sobre la baldosa fría, los cadáveres ensangrentados de los que parecían niños vestidos de soldados. ¡Eran tan jóvenes!”.    
Era un macabro espectáculo de soldaditos boca arriba, rostro ensangrentado y brazos abiertos. Parecían gritar al cielo y la tierra: ¿por qué?, ¿para qué hemos sido inmolados?    

Se lamentaba de las vidas jóvenes tronchadas a destiempo a cambio de acabar con la pesadilla de toda una generación. “¿No había otro camino?”, se interrogaba.    

El obispo parafraseaba al Génesis (4,9/12) como catarsis, para dirigir el índice acusador contra los responsables de aquel régimen oprobioso: “La sangre de tu hermano que has derramado sobre la tierra, me pide a gritos que haga justicia. Por eso quedarás maldito”. Era la repetición de la historia de Caín y Abel.    

Nuestros gobernantes de los últimos 11 años en general han adaptado con trampas o con mentiras para fines perversos la libertad y la democracia que legaron los héroes del 89.    

Han pretendido desconocer el sacrificio de ellos despreciándolos e inclusive atacando ferozmente a sus protagonistas principales, en una rara nueva sociedad entre ex colaboradores de la dictadura y sus enemigos de la época o sus descendientes, los unos con sed de venganza y los otros con sed de poder.   

La vuelta del stronismo


El coronel Ricardo Villalba, de la Asociación de Oficiales de Caballería, recuerda que hoy, a 21 años del acontecimiento, el arma ha quedado reducida a su mínima expresión, humillada hasta lo indecible.  “Los stronistas volvieron y se ensañaron con la Caballería. El ensañamiento sigue hasta hoy día”, afirma.    

– ¿El gobierno de Lugo continúa con el ensañamiento?   
– Si usted hace una averiguación de la situación de la Caballería, se va a dar cuenta de que no existe un solo general de Caballería en ejercicio del comando. Pero el espíritu sigue inalterable. Nos queda el reflejo de un líder que dejó sus huellas para la posteridad, el general Andrés Rodríguez.    

– Le decían “Tigre”. ¿Por qué?  

– Porque era fuerte y paternal al mismo tiempo...    

– ¿Por fiera?   

– Realmente tenía manos de hierro, pero guantes de terciopelo. Era querido y respetado, no solo por su voz de mando sino por dar lugar al oficial: era padre, protector y consejero...    

– Hoy no hay una sola calle, una escuela, una institución pública que lleve su nombre...
   
– De hecho nunca se hizo un homenaje a los Carlos, a los Víctor, a los que combatieron por la libertad.    

–¿Qué pasó con esas unidades, la de Campo Grande, las de la frontera?    

Coronel Félix Balmori: –Le voy a describir un caso, el del Destacamento de Caballería de Fortín Caballero, en el Bajo Chaco (Pilcomayo). Está completamente abandonado. Tenía una casa para el comandante, para la tropa, comedor, cocina, todo bien organizado.  De la casa que era del comandante ni cimiento quedó. Se rapiñó todo: puertas, ventanas, tejas.    

Coronel Ricardo Villalba: –Todos los destacamentos a lo largo de la frontera  tenían sus comodidades. Con suerte, hoy tal vez encuentre un fortín completo.    

El peor ataque

Entre el 99 y el 2000 se produjo el peor ataque conocido sobre los protagonistas de la gesta.  Bajo la batuta del presidente de facto, Luis González Macchi (hijo del ex ministro del dictador Saúl González), y de su ministro de Defensa Nelson Argaña (hijo de Luis María Argaña, ex jefe del Poder Judicial), los stronistas terminaron de perpetrar su venganza.    

Desmantelaron la sede de la Caballería de Campo Grande. Desalojaron a los oficiales, suboficiales y soldados, quienes fueron expulsados a la lejana y polvorienta localidad de Joel Estigarribia (Chaco). Otro grupo fue a Curuguaty.    

Para más provocación, cometieron el sacrilegio de derribar la estatua del Soldado Desconocido (Valois Rivarola), su símbolo.    
    
Parte de las cerca de 100 hectáreas del histórico cuartel de Campo Grande es alquilada hoy a una empresa que explota el predio como club privado.    

Aun así, como presagiaba monseñor Rolón, aquel amanecer del 3 de febrero, festividad de San Blas, patrono del Paraguay, será en la historia patria un nuevo 14 de mayo de 1811. Fue  un amanecer de la libertad, de  unidad y de  dignidad del pueblo paraguayo.    

Ya en ese entonces el líder espiritual  advertía que el exitismo, la ambición “no nos lleven a repetir la triste historia” (de enfrentamientos) para alegrar al menos los corazones de los caídos, allá en la eternidad.

(FIN)

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Jueves, 4 de febrero de 2010