Viernes, 14 de Diciembre de 2018
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El pueblo festejaba la libertad

La mañana del 3 de febrero de 1989, el pueblo salió a las calles a festejar con indescriptible alegría la caída del  dictador Alfredo Stroessner y su camarilla. Con miedo al principio, con aplomo después, las celebraciones se sucedieron hasta muy entrada la noche.

 

El mayor Ramos le dejó una esquela a su viuda como preanunciando su propia muerte. “En ese escrito se sintetiza el espíritu del soldado paraguayo, de su decisión, su valor, su convicción al abrazar la causa militar. Cualquiera pudo morir en la batalla. Le tocó al mayor y él se preparó y se despidió de su esposa, de su familia, como lo hace un soldado digno y honorable”.    

El escrito, de puño y letra, que encontró la esposa Gladys Dávalos al rebuscarse entre sus cosas después de la tragedia decía: “Amorcito, lo que hoy voy a hacer, lo hago por la Patria, lo hago por vos y nuestros hijos. Te amo muchísimo”.    

En el posdata, escribió: “por las dudas, besos a Gabriela”, firmado Tatín, como le apodaba su familia a Ramos Alfaro.    

Gabriela es la niña que Gladys engendraba. Era su séptimo mes de embarazo.    

“Muy atemorizada, llena de pánico, llegué hasta la puerta y fue ahí que me quedé como congelada. No me respondían las piernas. Me quedé inmóvil. Me rehusaba a seguir. No quería convencerme de lo que me habían dicho”, relata Gladys en sus memorias (“El golpe de 1989. Una historia en mis recuerdos”).    

“Miré atónita la silueta de un cuerpo cubierto con un lienzo blanco, sobre una camilla. Vacilando, me acerqué muy lentamente y con mis manos temblorosas levanté el lienzo casi sin fuerzas y descubrí el rostro de mi marido. Tan lindas facciones, sus cejas, su bigote, todos intactos. No. No era otra persona como me ilusioné. Era él mismo. Le toqué las mejillas y lo llené de besos. Mis lágrimas bañaron su rostro. Acaricié entonces su pelo, sus cejas, sus labios, sus manos. Quedé ahí como inerte. Sentí tanto dolor, una inmensa tristeza al ver huellas de sangre seca entre sus uñas. Tuve tanta pena al pensar lo mucho que habrá sufrido...”.    
La muerte de Ramos y la de decenas de combatientes se produjo como consecuencia de la articulación del Plan B (el enfrentamiento con las fuerzas del dictador) tras el fracaso del Plan A (el secuestro en la casa de Ñata Legal).    

El entonces capitán Roa Sánchez recuerda como si fuera ayer. “El general Díaz Cano fue a avisar al general Rodríguez que fracasó el secuestro. Entonces, el general, desesperado, tomó el auto de Ña Nelly y se fue a toda velocidad al RC3. Desde la oscuridad, llamó a los gritos a (el entonces comandante coronel Lino) Oviedo, quien no distinguió al principio quién era el que lo llamaba con tanta vehemencia. Ahí le dijo Rodríguez: ‘¡Saque todos sus tanques (a la calle) si no quieren morir todos acá!”. Por indicación de Oviedo, Enrique Montiel, que era teniente coronel en aquel entonces, ordenó a todos los que teníamos escuadrones de tanques que saliéramos a la calle para enfilar hacia el Escolta”.    

El coronel Félix Balmori agrega un detalle. El mayor Ramos Alfaro estaba inscripto entre los oficiales que debía copar la Aeronáutica con el coronel Regis Romero y tuvo que incorporarse a última hora al escuadrón que fue a tomar por asalto el Batallón Escolta. 

- ¿A qué hora comenzaron a salir?  


- Los tanques salieron entre las ocho y media y las nueve. En la calle nos sorprendimos. Ya había olor a golpe. La gente nos saludaba y nos alentaba: “¡Fuerza! ¡Rodríguez, presidente!”, escuché que gritaron desde un bar”, agrega el coronel Miranda.    

“Recién cuando llegamos al Escolta supimos que el general Stroessner se había refugiado allí. Yo acompañaba a Oviedo en el jeep. Enseguida ordenó: “Métale fuego, métale fuego”. Después de un rato escuchamos (por radio) al coronel Maggi desde el Escolta: “¡Quién está al frente”! y Oviedo le contestó: “¡Coronel Oviedo está al frente! ¡Salga con los brazos en alto, su dignidad y honor serán respetados!”. A partir de ese momento fueron bajando lentamente Stroessner, su hijo (Gustavo), la esposa de este (Pachi Heikel), su hija (Graciela)... Toda la cúpula estaba ahí”.  

- ¿Eso fue a qué hora?   

- (Coronel Miranda) Habrá sido a la una (de la mañana) por ahí. Yo le palpé a cada uno a ver si había algún arma escondida. Me acuerdo bien que Stroessner repitió varias veces. “No esperé esto de Rodríguez”. Su hija  le decía: “tranquilo papá”. Me di cuenta que tenía paralizada su pierna...    

- ¿De los nervios?   

- No sé. Yo tuve que alzarle su pie en el auto. Me dispuse a conducir y Oviedo me dijo: “Chete taha hendive (yo mismo voy a ir con él)”. Entonces puso un tanque adelante, otro atrás, y antes de partir, Stroessner le dijo: “Vamos primero por la residencia”.    

“¡Negativo! Aquí el que ordena soy yo”, le dijo Oviedo. Ahí se desinfló Stroessner. Lo más triste para mí fue ver la rendición de ese cuartel (del Escolta). Es triste ver al personal entregar su arma y salir con los brazos en alto.    

- ¿Eran muchos? 

- (Miranda) Muchos. Pero había muchos agregados.    

- Stroessner no creyó...    

- (Miranda) El sabía muy bien que había rumores, que había descontento. Lo que no creyó es que Rodríguez lo iba a golpear. La aviación nos vigiló todo ese tiempo. De tanto en tanto volaban los Xavantes  sobre la Caballería. El día “D”, Oviedo hizo traer ocho equipos por ahí del club Cerro Corá: camiseta amarilla contra camiseta blanca. Desde las dos de la tarde: métale fútbol. La aviación sobrevolaba. Hasta terminar la tarde, todo era fútbol. Jugaban hasta los chiperos, los vendedores. “Orekane’oma”, decía uno. “Pecontinua katu”, se les ordenaba y continuaban jugando...    

- Se cuestionó mucho y se desconfió de los vencedores sobre la cantidad verdadera de muertos. ¿Qué hay de cierto de que hubo 50, hasta 100 muertos? 

El coronel Ricardo Villalba, ex ayudante de Oviedo en el comando del RC3 (Regimiento de Caballería N° 3 Coronel Mongelós), recuerda haber sido el encargado de llevar el parte diario de los enfermos internados y los muertos. “La cifra oficial que se dio a conocer es la verdadera (37 inicialmente). Hubo muertos en el enfrentamiento en la casa de Ñata Legal (ningún jinete de Caballería), también en la policía cuando enfrentó a la Marina. Hubo muchos muertos en el combate con el Escolta. Todos fueron indemnizados y los familiares de los muertos recibieron casas construidas a través de Conavi.    

- ¿Incluidos los muertos de la parte contraria?   

- (General Antonio Martínez) Totalmente. Nuestro homenaje, por eso, no es solamente para nuestros  muertos de la Caballería. Es para todos los que dieron su vida pensando que lo hacían por la patria.

En ese sentido, el coronel Roberto Miranda recuerda cómo se evitó una masacre, en un momento dado, a media cuadra del Escolta: “Entré al patio de una casa a tomar agua de una canilla. Escuché sonido de armamento (click click) en una cochera. Pensé que eran los dueños y le dije a un suboficial que atendiera porque si alguien entraba podía desembocar en una tragedia. Al día siguiente, al clarear salió de esa casa un teniente primero (Jara) que era del Escolta. Se había sacado la presilla. Hoy es coronel. Me dijo: “Haimetete rojuka ange pyhare mi capitán” (casi lo maté anoche). Le pregunté por qué no accionó su arma. Me contestó: “Penderetaiterei. Oremasacrata. Entonces ropytajevynte (ustedes eran demasiados. Nos iban a masacrar). Eran ocho enemigos escondidos, armados para el combate. Le conté a Oviedo. Le hizo llamar y le felicitó: “Usted cumplió con su función. Póngase su paletera. Usted es un oficial con honor, con dignidad. Vaya y entregue su arma. El lunes se me presenta...”. Lo que le quiero decir es que no hubo maldad entre oficiales. Nuestro objetivo era derrocar a Stroessner. Cumplido el objetivo no había más enemigos para nosotros.

(Continúa mañana...)

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Miércoles, 3 de febrero de 2010