Domingo, 26 de Mayo de 2019
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El pueblo quiere ver obras, afirma Benito Páez

Fue uno de los sacerdotes que no dudaron en ponerse del lado de los perseguidos en la década de los 80 cuando recrudeció la represión y les daba refugio en el templo de Ypacaraí. El padre Benito Páez, de 69 años, cumple este domingo 40 años de sacerdocio.
El domingo es además el día aniversario de su nacimiento (habrá una misa concelebrada en la Recoleta a las 10:30 horas).    
En esta entrevista, hace un repaso de parte de su rica historia de coraje y servicio social, aferrado a una cita bíblica central, la de Mateo 25.31: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”, máxima que asegura, de aplicarse en Paraguay, se podría reducir drásticamente la aguda pobreza que padece. 

–¿Cuándo se ordenó?    
–El 21 de marzo de 1970 en la Catedral cuando el arzobispo era monseñor Aníbal Mena Porta. Tenía 28 años. Eran tiempos difíciles para el sacerdocio por las reformas del Concilio Vaticano II.    
   
–¿Dónde se formó?    
–En el Seminario Metropolitano, en Córdoba, en Chile donde trabajé en la agricultura para tener experiencia en cooperativismo. Como sacerdote mi primera misión fue en Villeta como teniente cura, a fines del 70. De ahí pasé a San Lorenzo. Con el párroco, Alejo Robadín, decidimos trabajar en la organización de los pobres para producir cultivos de autoconsumo. Cubrimos San Lorenzo, Ñemby, Villa Elisa. Al gobierno no le gustó y me sacaron de ahí. De ahí fui a Capiatá, después a Yaguarón. Me volvieron a sacar. Monseñor Ismael Rolón me dio a elegir entre Zeballos Cue y Ypacaraí. Le dije: “Ypacaraí”.    
    
–De ahí se hizo tan conocido cuando los opositores iban a buscar refugio en su templo...    
–Estuve 14 años en Ypacaraí. Hicimos construir el templo. Incursioné en el fútbol. Trabajaba en la organización del festival de Ypacaraí. Me dio muchos problemas...    

–Uno de los momentos más álgidos fue cuando le tuvo a Saguier como refugiado.    
–Sí, y los pyrague querían arrestarlo. Estábamos totalmente rodeados. Saguier no quería ir a la comisaría porque tenía miedo que le torturen. Fui a conversar con el comisario Schreiber (ya fallecido). Le dije que yo le iba a acompañar, pero a Tacumbú, no a la comisaría. Eso fue un 13 de setiembre, el aniversario de la fundación de Ypacaraí. A mí me vigilaban las 24 horas. Tenía mi propio pyrague que anotaba quién venía a visitarme o adónde iba.   

–¿Anotaban hasta sus homilías?   
–Grababan. Pero yo era muy terrible. En la misa, en voz alta preguntaba si había un pyrague. Le invitaba a llevar la grabadora hasta el altar para que grabe mejor. Una vez se enojaron bastante porque, a la hora de la ofrenda, hicimos una representación simbólica del pueblo reprimido: uno apareció ante el altar con la boca amordazada, otro con los ojos tapados, a uno se le llevó en una jaula, como si fuera una celda. Eso le molestó mucho a Stroessner. Lo que nunca olvido es aquella Marcha del Silencio, cuando monseñor Rolón, en un momento de la celebración, me dijo: “animá un poco más la misa”    
    
–¿Y qué hizo?    
–Se me ocurrió cantar “Patria querida somos tu esperanza”, y todo el mundo se puso a cantar. Los policías tomaron como una provocación y se produjo una garroteada y desbande general. Y todo fue por mi culpa.    

–Era pecado cantar “Patria querida”    

–Para ellos la esperanza ya estaba entre nosotros...    

–Era Stroessner.   
–Con la caída de Stroessner me trasladaron a la parroquia Inmaculada Concepción de Tacumbú. De ahí pasé a Recoleta, donde estoy hasta hoy, hace 15 años.    
  
–Recoleta es hoy un barrio de clase media, media alta... 
–No crea. Hay mucha gente pobre. Ahora mismo tenemos dos comedores para la gente de la calle. Les enseñamos profesiones. El servicio más resaltante que prestamos es la Casa Rosa María, un refugio para mujeres violadas que quedaron embarazadas y abandonadas. De 4 a 5 años a esta parte ya nacieron 165 bebés.    
   
–¿De dónde son?    
–Vienen de la campaña. Muchas veces la violencia sexual pasa en la casa. Hay niñas embarazadas hasta de 10 años.    

–Impresionante... 
–Aparte tenemos un centro de drogadicción, de alcohólicos anónimos, una asesoría jurídica para la gente necesitada. Yo siento satisfacción por los resultados. Uno se da cuenta de lo útil que somos a la hora de aplacar las necesidades de los demás.    

–¿Cuál es su motivación?    
–Cristo es el motor de todo, ver a Cristo en la gente que sufre. No es por bueno ni por manso. Hay que tener fe. El dijo: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”, Mateo 25.31. Es central en la Biblia y en la vida personal.    

–¿Por qué muchos cuelgan la sotana? ¿Es por el celibato?    
–Puede haber muchas razones, además del celibato. Está demostrado que el matrimonio no es solución para el celibato. Si es por eso, hay muchos sacerdotes casados que se volvieron a separar. Hay también momentos de soledad en la vida sacerdotal que para algunos, con los años, se hace insoportable. Hay momentos en que uno está rodeado de mucha gente y después: nadie.    

–¿Cuándo especialmente?    
–Los domingos es un ejemplo. De mañana tenemos muchísima gente y después a la tarde no queda nadie. Eso es un poco triste porque uno no sabe a dónde ir, porque la soledad es tremenda, especialmente cuando uno es inquieto y quiere conversar, compartir y no le tiene a nadie. A mí a veces me queda bien ir a la cancha...   

–¿Cuál es su club?    
–Sol de América.    

–¿Por qué?    
–Porque yo vine en el 53 a Asunción, cuando era chico. El primer partido que me fui a ver fue Sol de América-Atlántida. Ahí me gustó Sol y desde entonces me hice solense.    

–¿Vino de chico?    
–Yo hice la primaria hasta el cuarto grado en Carapeguá. Del 1º al 2º grado hice en la compañía donde nací, en una escuelita con techo de paja, culata jovái. Los otros grados hice en el pueblo de Carapeguá. Caminaba todos los días 5 km de ida y 5 de vuelta. Me iba descalzo, sobre la ruta de pedregullo, con sol o con frío, muchas veces con lluvia.    

–Habrá tenido unos padres muy estrictos... 
–Mi mamá era muy estricta en la educación. Mi padre se dedicaba más a la chacra. No era para menos. Nuestra familia era muy numerosa.    

–¿Cuántos?    
–Eramos 18 hermanos. Yo soy el número quinto, contando de arriba.    
    
–¿Es cierto que anda armado?    
–Sí. Dos veces ya asaltaron la casa parroquial. Siempre tuve arma, pero más bien para cacería.    

–¿Usaría el arma ante un asaltante?    
–No voy a dudar, así como el asaltante no va a dudar en matarme.    

–Usted como sacerdote tiene que dar la otra mejilla... 
–(sonríe con ironía) Sí, pero no. Todos tenemos miedo de morir.    

–“Ndaipóri ko múndope la omanoséva ni la omba’aposéva (no existe en el mundo ni el que quiere morir ni el que quiere trabajar)”, dice el dicho... 
–Hasta Jesús no quiso morir. El enfrentó la muerte con mucho dolor, con mucha angustia. Cuando estaba en el Huerto de Getsemaní, en víspera de su muerte, él rogó al Padre: “Haz pasar de mí este cáliz. No será mi voluntad sino la tuya”. Fue su momento más difícil. Jesús murió por su ideal de cambio, y es después de morir cuando tiene más fuerza...    

–En su opinión, ¿no perjudica a la Iglesia la presencia de Lugo en la presidencia?    
–Para mí, no. El vivía bien como obispo, pero vivía en San Pedro. Al ver tanta miseria repartida, cualquiera se haría revolucionario: muchas tierras sin hombres y muchos hombres sin tierra, y uno se pregunta, ¿todo esto por qué? Eso le habrá pasado y por eso bajó de su pedestal.    

–Hoy, todo el mundo le critica... 
–No solo le critica, todo el mundo le grita al Presidente. Yo no querría estar en el pellejo de Lugo. Algo que sucede en Concepción, el culpable es Lugo. Cosa que sucede en Carapeguá,  Lugo es culpable. Todo es culpa de Lugo. Me imagino que debe ser difícil así hacer bien las cosas.    

–¿No equivoca el camino al no conversar con sus enemigos políticos?    
–Yo pienso que Lugo debe tener cuidado de sus enemigos ocultos, no tanto  de sus enemigos directos.  

–¿Lugo es socialista o marxista para usted?    
–Socialista sí, pero marxista no.    

–¿Y usted?    
–Me gusta el socialismo, porque es una necesidad. Dar  de comer a tantos pobres es un trabajo social. Recibimos de los que tienen más alimentos y repartimos entre los que tienen menos...    

–¿Es la solución?    
–No. Dar de comer a la gente no es la solución. Darle de comer, buscarle trabajo, darle oportunidad de estudiar, es darle esperanza para superar su situación.    

–¿Cuál es su opinión sobre los sacerdotes, ex sacerdotes que trabajan con Lugo?    
–En general son buenas personas. Le conozco a Pablino (Cáceres, de la SAS), socialmente inquieto,  muy transparente. A Congo lo conozco de una ocupación acá en Central, en Mariscal López y Madame Lynch...    

–¿Está de acuerdo en que su esposa trabaje  en Itaipú siendo allegado del Presidente?    
–Yo no estoy de acuerdo con eso, de que el marido y la esposa trabajen ambos para el Gobierno. Queda la impresión de querer sacar provecho.    

–¿Qué le diría al Presidente? 
–Y que administre mejor el país, que busque las mejores gentes, las más honestas y transparentes, solo así va a salir adelante. El pueblo quiere ver obras. Hay otra gente que no quiere, porque le cortaron  los privilegios y clama por volver al pasado. Dicen que se vivía mejor. Solo ellos vivían mejor...

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Sábado, 20 de marzo de 2010