Jueves, 17 de Enero de 2019

“Yo aborrezco la cárcel, y digitar una condena de 10 años es todavía peor”

El padre jesuita español Juan Antonio de la Vega, el útimo de la veintena de sacerdotes expulsados por el dictador Alfredo Stroessner, exactamente hace 10 años, relata en esta entrevista sus vicisitudes de aquellos tensos momentos en los que se envolvió en la caparazón de su inocultable amor por el Paraguay. Conocedor de la vida carcelaria, no se cansa de denunciar el hacinamiento de los presidiarios, patéticos casos de corrupción policial y la impresionante cantidad de presos sin condena. Dice aborrecer la prisión y manifiesta que no le desea a nadie y menos todavía a aquellos cuya condena fue digitada, como según dijo es el caso del general Lino Oviedo.

 

- ¿Por qué lo expulsó Stroessner hace 10 años?

- Yo creo que es por todo el ambiente que había. Yo trabajaba con los jóvenes. La Iglesia en general era perseguida. Después de la visita del Papa había un ambiente de oposición, de indignación contra los abusos del Gobierno.
 
- Y la gente no se callaba más..., o se callaba menos.
- Sí. Los oficialistas fueron perdiendo casi totalmente los centros estudiantiles. Ganaban los independientes. Eso preocupaba muchísimo especialmente al ministro de Educación Ortiz Ramírez. Y eso fue el detonante...
 
- Pero el detonante fue un panel en donde usted habló...
- Sí. Fue en la Facultad de Filosofía. Me invitó el presidente del Centro de Estudiantes Hugo Yubi para hablar de la Teología de la Liberación.
 
- La Iglesia era el último reducto de los opositores...
- La charla fue un miércoles y el jueves ya estaba preso. Me llevaron a Investigaciones donde me tomó un interrogatorio el comisario Cáceres Spelt. Quisieron retratarme como a un presidiario, con esa tablilla con números. Me negué‚. Un policía me pegó un manotazo. Cáceres Spelt se puso nervioso y dijo: “Este cura es un maleducado''. También ya habían traído a Yubi. Después, en la ex Guardia de Seguridad, me tuvieron en una celda indecente con un camastro donde no dormirían ni los perros.
 
- ¿Fue expulsado enseguida?
- No. Primero me dejaron en libertad tres o cuatro días. Me echaron el d¡a en que aparecieron en los diarios declaraciones de Ortiz Ramírez en las que decía: “Lo echaremos del país y a todos los extranjeros que hablen como él''. Me metieron en un coche y me tiraron a Clorinda.
 
- Sin nada…
- El cónsul paraguayo en Posadas dijo de mí que era un indeseable comunista que no merecía atención alguna. Fue cuando no quiso autenticar mi firma para que la Universidad Católica pudiera presentar un habeas corpus...
 
- Y ¿volvió después del golpe?
- No. Volví mucho antes y me instalé en Puerto Iguazú (Argentina). Me resistía a pensar estar lejos del Paraguay. La frontera era al menos un consuelo. Cuando vino el golpe regresé enseguida.
 
- Por Ciudad del Este...
- Sí. Crucé a pie el Puente de la Amistad. El corazón me latía a varias revoluciones por minuto...
 
- ¿Cuántos rosarios se rezó?
- Varios (sonríe). Al llegar a Asunción, tengo que reconocerlo, me emocioné cuando pasé de nuevo por la calle Palma. Creo que hasta se me escaparon algunas lágrimas. No lo puedo negar, se cobra amor por el Paraguay.
 
- Cuando lo echaron, esa gente decía barbaridades de usted...
- Algo que me dolió mucho y que nunca me olvido fue esa mentira descarada del doctor Martín Chiola (ex diputado stronista, hoy senador por el Movimiento de Reconciliación Colorada)...
 
- Y encima sin poder defenderse.
- Decía que yo no tenía radicación. Yo no me explico como podía este señor mentir tan alegremente para causar tanto perjuicio. Tenía toda mi documentación en regla. Decía que era ``un cura irresponsable que estaba abusando de la hospitalidad paraguaya...''.
 
- Hoy es senador...
- Esa gente que calumnia tan rastreramente debería reparar el daño que ha hecho. No me sorprende que ahora se presente como demócrata. Son tan hábiles para mentir...
 
- Son hábiles para reubicarse...
- Me imagino que deben ser expertos cepilleros y chupamedias...
 
- ¿Nunca lo llamó a pedirle perdón?
- Nada de nada. Ni arrepentimiento ni perdón ni reparación del daño. Le aclaro que yo no guardo rencor a los que me hicieron daño. Más bien estoy agradecido a los que lucharon por mi causa, a toda la Iglesia, especialmente monseñor (Ismael) Rolón. Tengo una anécdota...
 
- De aquellos momentos...
- Sí. En Clorinda me visitaron unos políticos, creo que eran del MOPOCO, que me propusieron entrar clandestinamente. Les dije que iba a consultar a mis superiores. Monseñor Rolón en esa oportunidad dijo que no porque consideró que era provocar un poco a las autoridades. ¿Sabe quién era el que me propuso?
 
- ¿Quién?
- Ahora ya lo puedo decir: Rambo Saguier (se ríe)
 
- Sí. Seguramente quería volcar su exitosa experiencia con la fuga de Napoleón Ortigoza.
- Exactamente. A Ortigoza lo encontré en España.
 
- Y ¿ahora a qué se dedica usted?
- Vivo en Cristo Rey. Soy capellán en la cárcel de Tacumbú. También he vuelto a mis clases de Etica Jurídica y Derecho Canónico en la Universidad Católica...
 
- ¿Qué dice de su experiencia en la cárcel?
- Yo aborrezco la cárcel. Aquí se practica lo contraindicado por las recomendaciones internacionales. Se lo mete a uno a la cárcel y luego, después de mucho tiempo, se le pregunta: ``¿Qué hizo usted?''.
 
- ¿Hay muchos?
- Es desesperante. Las cárceles están saturadas. La población penal actual es de 4.200 presos. Solamente hay 238 sentenciados. Es decir, hay 4 mil inocentes, porque según la Constitución existe la presunción de inocencia. La Pastoral Penitenciaria presentó un proyecto de ley que fue tirado al cesto por los parlamentarios...
 
- ¿Hay ricos en la cárcel?
- Pues, yo veo muy poco. Si los hay se van muy pronto. Contratan los mejores abogados. Imagínese quién podría estar en la cárcel: uno que robó 50 mil guaraníes, otro que robó un pantalón y un machete de un granero porque el dueño no le pagó por su trabajo o, dos campesinos que vinieron a probar suerte a Asunción y se robaron una bicicleta porque no tenían más plata. Y mientras se aclaran lentamente todas las cosas, sufren prisión en condiciones infrahumanas.
 
- ¿Hay muchos inocentes de verdad?
- Hay muchos. Y quiero decir algo y no tengo miedo de hacerlo. Realmente los partes policiales dejan muchísimo que desear. Le puedo mostrar expedientes de partes prefabricados. A un joven lo acusaron en San Lorenzo de haber asaltado a un chileno en la Terminal. Comprobamos que ese chileno no existe..
 
- Entonces ¿usted está de acuerdo con eso de la corrupción policial, lo que pasó en Ciudad del Este?
- Usted habrá leído o escuchado en la prensa: ``abrieron fuego contra las fuerzas del orden, y después de una encarnizada balacera fue abatido''...
 
- Usted no cree...
- No creo.
 
- ¿Por qué?
- Estaba ese caso de los que asaltaron a un taxista y que fueron rodeados y se refugiaron en el Cementerio de la Recoleta. Esos fueron rematados. De esos (casos) tengo varios. Tengo un muchacho que, estando en el suelo, le dispararon. Quedó paralítico. Estuvo en el Hospital Policial. No se le atendió. Cuando lo sacamos tenía una llaga en la espalda. De eso tengo testigos.
 
- ¿Quiénes?
- Los médicos de Clínicas. La Fundación Jazmín le proveyó una silla de ruedas. Esperábamos que se recuperara. Ese muchacho no aguantó y murió. Lo acribillaron estando ya reducido...
 
- ¿Qué era, un ladrón?
- Era un robacoches. Eran tres menores de edad. Tengo otro caso, uno que se salvó porque los vecinos reclamaron a los policías: ``Dejen ya de tirar''. Se le tuvo que amputar la pierna. Lo conocí en la Sanidad de la cárcel. En estas cosas, los fiscales no hacen absolutamente nada. Tengo otro caso de un abigeo. En los diarios salió: ``Después de una encarnizada balacera, fue abatido...''. El hombre solamente tenía un tiro en la nuca...
 
- Ajusticiado...
- ¿Usted no escucha con frecuencia que dicen que ha habido accidentes con armas de fuego? Yo no me lo creo...
 
- ¿Hay “hijos de papá” en la cárcel?
- En el Panchito L¢pez, ninguno. Si un “hijo de papá'' arma un desorden en la vía pública, todo termina en la Comisaría. En cambio, si un pobre se emborracha en la Terminal de Ómnibus, inmediatamente, de la Comisaría pasa al Panchito.
 
- ¿Después de 10 años, qué opina de esta transición democrática?
- Lo único que puedo decir es que la política penitenciaria fue relegada a segundo plano. Si hay tantos delincuentes menores es porque ya no hay pobres sino gente que vive miserablemente. El hurto es famélico.
 
- Pero es difícil compadecerse de los delincuentes. Hay una inseguridad total.
- Hay un rechazo claro, como no. Comprendo lo de la inseguridad. Pero no seamos egoístas. Hay que prevenir y la prevención no es aumentar las penas sino crear fuentes de trabajo. El delito es para sobrevivir. En el Ministerio de Justicia hay una comisión interinstitucional de reforma penitenciaria. Desde que está como ministro Juan Manuel Morales, no se ha reunido ni una sola vez...
 
- ¿Son planilleros?
- Creo que toman determinaciones solamente a nivel interno. Además, al no saber lo que va a pasar con el cambio de autoridades, la dejadez es mayor.
 
- ¿Cuál es el legado de Wasmosy para usted?
- Para la política penitenciaria nada. No ha hecho nada absolutamente.
 
- ¿Qué expectativa tiene de Cubas?
- Reconozco que la reforma penitenciaria no goza de la simpatía popular. Cubas parece muy prudente. No larga promesas. Ojalá lo dejen trabajar...
 
- Y ¿Oviedo?
- Y dicen que es el que decide desde la prisión...
 
- ¿Usted tiene una opinión formada sobre la prisión de Oviedo?
- Yo le reitero, aborrezco la cárcel. No le deseo a nadie. Y es todavía peor darle 10 años a alguien en forma apresurada, dos años después de la acusación, en coincidencia con su victoria como candidato presidencial. No tiene lógica. Produce un gran daño. Ese tribunal militar que condenó a Oviedo fue a todas luces digitado...
 
- Por Wasmosy...
- Usted elige el tribunal de su preferencia para condenar a su enemigo a la pena que usted quiera...
 
- Una venganza...
Lo querían sacar de en medio. Es evidente. Si el general Oviedo no hubiera ganado las elecciones no hubiera pasado nada. Pero fue elegido candidato a Presidente y se puso en movimiento toda la maquinaria para denunciarlo, detenerlo, condenarlo...
 
 

Hugo Ruiz Olazar
Asunción, 2 de agosto de 1999.
Diario ABC Color.