Domingo, 26 de Mayo de 2019
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Un ex obispo cercado por la oposición, sus ex aliados y los negocios de la soja

Quedó aislado al impulsar tomas de tierras y también reprimirlas. Sólo lo apoyaba su entorno.

La salida de Fernando Lugo de la presidencia de Paraguay aliviará seguramente a los grandes productores y ganaderos quebrantados por las invasiones de sus propiedades y alimenta el poder de los partidos Liberal (su ex aliado) y Colorado con miras a las elecciones presidenciales del 23 de abril de 2013. Y al mismo episcopado católico que calificó al gobernante y ex obispo como “un puñal clavado en el corazón de la Iglesia”.

La principal acusación contra el presidente es su responsabilidad política en la matanza de 17 personas en un enfrentamiento armado entre policías y militares el pasado 15 de junio, durante un procedimiento de desalojo.

Se trata de un caso más de violencia protagonizado por miembros de la liga Nacional de Carperos (LNC) que entre setiembre y marzo pasado hicieron invasiones de Ñacunday, en la frontera (sureste) de Paraguay con Argentina y Brasil, ocupada mayoritariamente por colonos de origen brasileño, los “brasiguayos” y afectaron a los grandes productores de soja .

Unos 350 mil de ellos y sus descendientes se encuentran arraigados en la región desde la década de los setenta, favorecidos por las facilidades ofrecidas por el ex dictador Alfredo Stroessner (1954/89) para colonizar miles de hectáreas de selva virgen. Los líderes de los “carperos” visitaban periódicamente el Palacio de Gobierno y eran conducidos hasta en vehículos del Estado para reclamar “tierras fiscales” con títulos dudosos en la zona más rica del país.

La muerte de los seis policías en Curuguaty –que causó la reacción que dejó 11 campesinos sin vida– terminó de poner a todos contra Lugo, hasta los uniformados, incluidos los militares. Una de las causas para la destitución fue un acto de socialistas en un cuartel militar en 2009 quienes utilizaron el Campo de Marte (donde se realizan los actos oficiales) para un mitin político con banderas de Fidel Castro y del Che.

Desde el principio, el presidente Lugo se alejó de los liberales socialdemócratas –65% de los electores que lo votaron– y se aferró a su pequeño entorno de curas y ex religiosos de la antigua corriente de la Teología de la Liberación. Frecuentó con periodicidad a los presidentes Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales, hecho que sus opositores entendieron como un abandono “del centro como el poncho”, como fue su lema aunque el gobierno ideológicamente nunca fue claro.

El ex obispo católico cuyo gobierno estuvo salpicado por escándalos de paternidad durante su vida episcopal, no se preocupó de construir alianzas institucionales. Los dirigentes de los grandes partidos Liberal y Colorado se percataron de una jugada política después de la masacre de Curuguaty cuando eligió a Rubén Candia como nuevo ministro del Interior en sustitución de su leal Carlos Filizzola.

Candia está vinculado a la presidenta del partido Colorado Lilian Samaniego, precandidata a presidenta de la República. En las encuestas para las internas de diciembre, figura tercera. Surgió, entonces, fuerte la sospecha de una alianza con vistas a las elecciones. A su turno, con la designación del nuevo ministro, los liberales terminaron por advertir que Lugo resolvió abandonarlos para encaminarse hacia el codiciado electorado colorado, el mayoritario del país. Blas Llano, el presidente Liberal, lo emplazó a destituir a Candia pero Lugo le respondió. “El que manda soy yo”. “Esto se acabó”, exclamó el jefe partidario, antes de convocar a la cúpula de su partido para anunciar el apoyo al juicio político.

Las amenazas de bloqueo del Mercosur, de la Unasur o de la OEA no fueron escuchadas. El Congreso de hecho, no había ratificado el protocolo democrático Ushuaia II firmado el 20 de diciembre de 2011 en Montevideo por Lugo. La dirigencia política tampoco admitió las advertencias de sanciones económicas por Brasil y Argentina, países unidos a Paraguay por un cordón indisoluble, las hidroeléctricas de Itaipú (con Brasil) y Yacyretá (con Argentina), bienes estratégicos que alimentan en un 90% a los dos grandes de Sudamérica.

Este outsider de la política, instrumento de la caída del partido Colorado tras 61 años de poder en el 2008, fue destituido con una fama inflada de gobernante izquierdista , pero quedará con el recuerdo de haber sido responsabilizado por una masacre en defensa de la propiedad de un terrateniente, el empresario y político colorado Blas Riquelme. Lugo tenía razón de alguna forma al impulsar a los “carperos” para buscar la solución al antiguo problema de la tierra en un país con 53% de pobres. Pero para los analistas, se le fue la mano al convertirlos en un ejército de invasores . La muerte de los policías de Curuguaty fue su anticipada sentencia.