Jueves, 17 de Enero de 2019
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Lino Oviedo: el caudillo al que nunca permitieron que sea presidente

 

Epicentro de la política paraguaya desde que se forjó el respeto de la población por haber capturado al intocable dictador Alfredo Stroessner en su propio búnker del Batallón Escolta Presidencial el 3 de febrero de 1989 para sellar su derrocamiento, Lino César Oviedo Silva, fue el caudillo de centenares de miles de seguidores de nuestro país al que los poderes fácticos nunca permitieron, hasta su muerte, que sea presidente.

Su hazaña, siendo coronel, lo llevó en forma meteórica a puestos de preponderancia en el Ejército hasta llegar a comandante de la fuerza.

No era para menos. Había hecho temblar las piernas al temible mandamás absoluto del país cuando con su pistola en una mano y una granada en la otra, lo obligó a rendirse y a acompañarlo hasta la sede del Primer Cuerpo de Ejército, como epílogo de la férrea dictadura de 35 años.

Perseguido, encarcelado, exiliado, confinado, traicionado, acusado de intentonas golpistas, de crímenes políticos –como el del vicepresidente Luis María Argaña, pesquisa congelada hasta hoy en los tribunales en forma inexplicable– y otros terribles delitos cuya sola mención podría derrumbar a cualquiera, Oviedo salió indemne y más bien sus enemigos políticos se hundieron, presos de sus propias calumnias, mientras él continuó vigente en la vida política del país, odiado por unos, venerado por sus miles de seguidores.

“No les voy a dejar a mis hijos la herencia de un padre calificado de golpista, de asesino de jóvenes, más todavía de un vicepresidente”, nos decía entre tantas entrevistas que nos concedió en el exilio, en la clandestinidad o en los escasos años que gozó de libertad y de paz.

“Tampoco jamás he sido narcotraficante ni olido droga o haber traficado armas. Los miembros de mi familia vivían como gitanos. Estuve confinado en el lugar más frío de la tierra, en Tierra del Fuego, en una estancia habitada solo por pingüinos, con 30 grados bajo cero de temperatura promedio. Pasé la Navidad solo, en la clandestinidad. Cruzaba el río Paraná para encontrarme con mi esposa y mis hijos, en Foz o en Puerto Yguazú... Ellos tenían que disfrazarse...”.

Le gustaba recordar que empleaba la política del tero-tero, que “pone huevo pero nunca cuenta dónde” para despistar a sus implacables perseguidores, entre ellos, Wasmosy, González Macchi, los Argaña, Walter Bower, militares como Carlos Ayala, Evelio González, Groselle, Kanazawa, Morel Garay y otros, o fiscales y jueces allegados a los Argaña, o policías que oficiaban de sabuesos, ya desaparecidos de la escena pública, condenados a sí mismos por sus fechorías.

Una vida marcada por el infortunio

Así describía los padecimientos de su vida marcada por el infortunio, y reflexionaba: “qué maldad existe en nuestro país”.

“No tengo ningún rencor contra los que me persiguen. Si estoy en política es porque hay cientos de personas necesitadas que me buscan”, expresaba en setiembre de 2007 al abandonar la cárcel de Viñas Cue. Ya denotaba entonces desgaste, cansancio, por tanto maltrato e impunidad de sus verdugos.

“Querían encontrarme bajo la cama escondido para humillarme”

“Ellos querían encontrarme escondido bajo la cama para humillarme”, decía cuando aquel grupo militar de élite comandado por Kanazawa atropelló su residencia –enviado por Wasmosy– para aterrorizar a su familia y a dirigentes de su partido que se encontraban reunidos el 30 de octubre de 1997, y a quienes obligaron a tenderse como delincuentes en el suelo, entre ellos su dupla presidencial, Raúl Cubas.

Sus hijos menores tenían entonces 6 y 5 años. “Mi hijo Enmanuel, que tenía 5 años, como estaba acostumbrado a ver soldados camuflados abrazó la pierna de uno de ellos y el otro lo tumbó”. En aquel suceso, la esposa de Wladimiro Woroniecki, Darsy, perdió el hijo que llevaba en sus entrañas, golpeada en el vientre con inusitada violencia.

Aún después de tan nefasta experiencia, estando ya libre insistía en que no tenía espíritu de revancha. “He transmitido a mi familia y a mis compañeros de causa y de lucha, que luchemos sin odios, mentiras ni rencores. La situación del pueblo paraguayo merece renunciamientos”.

“Con odios, rencores, persecuciones, denigraciones y ofensas no se puede combatir la pobreza, la ignorancia, la falta de trabajo, la falta de seguridad o la emigración de nuestros compatriotas.

En todo esto debemos colaborar unidos, hacer que el Paraguay recupere su imagen internacional y particularmente teniendo una garantía jurídica y de orden público para todos los que vivimos en esta patria, sean nacionales o extranjeros, sin discriminación de banderías políticas, credo, raza o nacionalidad”, enfatizaba el general Oviedo.

“En mi pueblito Juan de Mena, caro a mis sentimientos, me enseñaron en la escuela a amar la bandera. El rojo decíamos que significa la justicia, el blanco la paz y el azul la libertad. Eso debemos diseminar y practicar a lo largo ya lo ancho de nuestra querida República”, manifestaba.

Advertía que ningún partido podrá tener gobernabilidad en el Paraguay gobernando solo.

“Ellos constituyen la razón de mi vida...”

Decía que nunca se olvidaría de los miles de contingentes que sacrificaron hasta la vida por su libertad, en tiempos del stronista González Macchi. “Ese pueblo fue perseguido, apaleado, algunos tienen todavía restos de balines. Agradezco a los que se crucificaron, a los que hicieron huelga de hambre... Les digo que ellos constituyen la razón de ser mi vida y gracias a ellos he podido sortear esta larguísima persecución de más de una década. Sin ese apoyo espiritual ya hubiera concluido mi existencia hace tiempo....”.

“Ni campana sãre ñasangoháicha, pesangóirõ che kûre, añe’ê vai la cherapicháre ndajapo mo’ãi”, decía en el guaraní que entendía el Paraguay profundo.

Tekojoja (vivir bien todos), jekopyty (entendernos), vy’apavê pa’ûme (vivir hermanados), jepytaso jovaipápe (que todos estiremos el carro hacia un mismo lado), ñane retã rayhuhápe (en aras de amor a nuestra patria) ha ñane retãgua rayhuhápe (por el amor a todos los que viven en el país) fue uno de los mensajes que más repitió en nuestra lengua.

Muchos recuerdos más, de luchas y anécdotas de Lino Oviedo, un fenómeno de nuestra virulenta historia política –que “vivió a mil por hora”– como diría uno de sus fieles colaboradores, Wladimiro Woroniecki, quedarán imperecederos en las páginas de nuestra historia. Por de pronto, deseamos cristiana resignación, fuerza y coraje a su esposa, familiares y allegados, y para él, paz en su tumba.