Viernes, 14 de Diciembre de 2018

Una historia oficial que no se compadece de los hechos

 

El vicepresidente de la República, Dr. Luis María Argaña, junto a su chofer Víctor Raúl Barrios y su guardia personal, el suboficial de policía Francisco Barrios González, se desplazaban a bordo de la camioneta Nissan Patrol 4x4, color bordó, rumbo al centro de Asunción, con destino a su despacho.
El chofer tomó Diagonal Molas y en su intersección con Santa Rosa y Venezuela, tres sujetos con atuendos militares, de corte de pelo del mismo porte, apoyados en fusiles ametralladoras y escopetas descendieron de un Fiat Tempra y rociaron a balazos la camioneta que transportaba al Vicepresidente. Uno de los criminales se encargó del chofer Víctor Raúl Barrios. El guardaespaldas no tuvo tiempo de desenfundar y otro de los sicarios lo ametralló a través de la ventanilla derecha del asiento delantero, donde estaba sentado. El tercer asesino descerrajó disparos de arma corta contra el asiento trasero donde viajaba el Vicepresidente. El Dr. Argaña acusó cinco impactos. En el epílogo del ataque, los ‘‘profesionales’’ lanzaron una granada de mano para ‘‘asegurar’’ la misión, rematar a sus víctimas y destruir evidencias. El artefacto, sin embargo, no detonó, está desactivado. Es la historia oficial. 

El magnicidio se produjo, según la Policía, a las 8 y 30. La operación no duró más de un minuto. 

Dos de los criminales retrocedieron hasta el Fiat -al mando de un cuarto hombre- y huyeron. 

Instintivamente, el chofer Barrios logró incorporarse, abrió su portezuela y se internó en una vivienda de los alrededores, escapando milagrosamente del tercer homicida que efectuó varios disparos para eliminarlo. 

El sicario montó en un automóvil marca Volkswagen tipo Gol que escoltaba al Tempra, antes de alejarse raudamente del lugar del atentado. 

Según la descripción oficial, el ataque fue brutal, realizado por ‘‘profesionales’’ que dispararon con determinación, de frente, con armas de grueso calibre. 

Francisco Barrios, el guardaespaldas, manaba sangre a borbotones, pero aún se hallaba con vida cuando fue filmado por el camarógrafo de Canal 9, que llegó al lugar unos 10 minutos después. Aún daba muestras de agonía. Llamativamente, los que se encargaron de auxiliarlo para llevarlo a la ambulancia no utilizaron camilla: lo arrastraron de manos y pies. Luego lo bajaron al suelo y, llamativamente, le taparon el rostro en vez de airearlo. Moriría desangrado más tarde en el hospital. 

Francisco Barrios tenía libre ese día, pero fue llamado de urgencia esa misma mañana para actuar de guardaespaldas de Argaña, de acuerdo con la versión de la viuda, recogida por Darcy de Woroniecki y Carmen Arias, de la Comisión de Familiares de Presos Políticos. 

El público vio por televisión cuando alzaron el cadáver de Argaña a la camilla antes de ser transportado en forma extremadamente veloz hasta la ambulancia. Estaba vestido con una camisa inmaculadamente blanca. No se observaban rastros de sangre. 

Sin embargo, se informó que impactaron en su cuerpo cinco balazos. En la autopsia no mostraron más de dos proyectiles. El Dr. Bellasai -el forense pariente de Planás- dijo, no muy convencido, que había una tercera bala que estaba ‘‘por ahí’’ perdida. 

La ambulancia lo trasladó, no al nosocomio más cercano, el Francés o el Italiano -o tal vez al IPS, el mejor equipado de todos- o a Lacimet (a una cuadra del lugar), sino al Sanatorio Americano, distante a más de 20 cuadras del lugar. 

Frenético, se observaba en la televisión a Walter Bower impidiendo que nadie se acercara al lugar del atentado al tiempo que nadie auxiliaba a las víctimas. Ahí estaban Planás y uno de los hijos del vicepresidente, Nelson, hoy candidato a primer senador por el movimiento nicanorista. 

‘‘Es el principio de un río de sangre (...) El hijo de p... de Oviedo es el único culpable, el enano de mierda ese...’’, vociferaba Planás desde el sitio en declaraciones a radioemisoras. 

Sobre la actitud de Bower, el comisario Casto Darío Guillén, el ex comandante de la Policía Nacional, declaró que el político no lo dejó manejar la investigación. Es más, afirmó que nunca tuvo acceso a la pesquisa. A su turno, el ex comandante Kanasawa dijo que Bower solo ordenaba y seleccionaba a las personas para hacer los trabajos. 

El taxista Víctor Rolón, que dijo haber visto todo lo que pasó, relató que le pareció extraño que nadie trató de resistirse en la camioneta cuando se produjo la agresión fatal, a pesar de que el guardaespaldas estaba teóricamente armado. 

Rolón es el que admitió que recibió 500 mil guaraníes en un cheque personal del senador Juan Carlos Galaverna, supuestamente como mecanismo de presión para implicar a los que fueron seleccionados como ‘‘chivo expiatorio’’ del crimen, el coronel Woroniecki, Máximo Osorio y Richard Gómez, perseguidos implacablemente los tres por el aparato del régimen de González Macchi, pero finalmente declarados inocentes. 
 

EL FIAT TEMPRA, ¿UNA PRUEBA FALSA? 

Inexplicablemente, la versión oficial que basa su argumento en el protagonismo del Fiat Tempra, como vehículo de los asesinos, no fue corroborada por el único sobreviviente del atentado, el chofer Barrios Rey, quien más bien declaró haber visto una camioneta Toyota Hilux 4x4, color bordó. 

Nuestro diario consiguió localizar y entrevistar al chofer en marzo de 2000, al cumplirse un año del atentado. En su testimonio reitera que vio la camioneta bordó 4x4 estacionada a algunas cuadras, luego de consumado el atentado, como si todos fueran viejos conocidos. 

‘‘No recuerdo francamente ningún auto Fiat Tempra. No había delante mío ningún Fiat Tempra. El Tempra es llamativo. Llama la atención, no podía no verlo. Si había un auto así, lo iba a llevar por delante. Ni siquiera sé de dónde provino el primer disparo que me lastimó la cara. No vi delante de mí a nadie. Recién cuando retrocedí la camioneta me percaté de que nos estaban disparando...’’, relató Barrios. 

El chofer nunca participó de las dos reconstrucciones del crimen con el autor confeso Pablo Vera Esteche. La primera vez no se presentó al lugar, y la segunda, unos meses más tarde, se retiro antes de comenzar el acto por sentirse físicamente mal. 

De tanto en tanto, Barrios aparecía en la palestra pública quejándose de supuesto abandono y de pedidos no satisfechos por el Gobierno y la familia Argaña. Dejaba entrever que sabe mucho y que podía incomodar a algún poderoso. Después volvía a desaparecer como si hubiera sido recompensado. 

Su conducta siempre fue muy llamativa así como de sus ‘‘protectores’’. 

En diciembre de 1999 filmó un video donde relata que los sicarios no se parecían, en absoluto, a los robacoches detenidos y sostiene que los asesinos más bien tenían aspecto de extranjeros, de centroamericanos. 

En la entrevista con ABC publicada el 20 de marzo de 2000, Barrios admite que grabó el video y que lo entregó a una escribanía, para resguardar su seguridad. ‘‘Yo hice esa grabación ante una escribana y era porque me sentía amenazado, inseguro. Me sentía utilizado y nadie respondía por mí. Entonces dije solamente lo que sabía y lo que vi’’. 

Aseguró que Máximo Osorio, Walter Gamarra, Vladimiro Woroniecki y Richard Gómez no tuvieron nada que ver, ni el marginal ejecutado por un comando de la Senad en forma conjunta con efectivos de la Guardia Presidencial, Coco Villar. ‘‘Desde el comienzo supe que les acusaron de balde’’, afirmó. 

(Continuará...)

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Domingo, 23 de marzo del 2003